Casa/País - Inquilina/Ciudadana
Galería Vértice. Lima, Perú. 2011.

 

 

Textos:

Cuán verde era mi valle / Gustavo Buntinx

CUÁN VERDE ERA MI VALLE

(MEDITACIONES SOBRE UN LADRILLO, UNA MAMPARA Y UNA BALDOSA)
GUSTAVO BUNTINX

–I–

Las palabras “lujuria” y “lujo” comparten una misma raíz latina.
Luxus, dicen, habría primero aludido a los brotes torcidos en el tronco de algunas plantas.
Luego el término se aplicó al exceso de aquellas presencias desviadas. Y por último a toda desmesura en el refinamiento.
Ese “lujo”, esa “demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo”,
como pulcramente nos instruye la docta Real Academia Española.
Una deformación que se transforma en estilo.
Como el barroco, nombre originalmente acuñado para ciertas perlas preciosas por imperfectas.

Pero luxus significa también “dislocado”, en asociación probable con el verbo luctari, o “luchar”.
Alianza y lucha de sentidos cifrados en el hechizo de las palabras.
Otra histeria: una palabra atrapada en el cuerpo.

También en el cuerpo deseante del arte.
Este arte, esta artífice
–Cecilia Noriega Bozovich–
reconstruyendo una casa imaginaria
para el hogar fácticamente acribillado.

El hogar personal.
Pero también el no menos propio, no menos doloroso,
de la comunidad inimaginada.
La nación inexistente.
La patria, la matria.
Por regenerar.

–II–

Se apaga en el Perú una década de rutilancias.
De dispendios impresionantes en algunos sectores.
También de ilusiones grandes,
desbordadas por la corrupción de los sentidos, del sentido mismo.
El blanco prístino que entre nosotros trastoca sus connotaciones impolutas
por las de la corrupción narcotizante que todo lo penetra y envilece.
Empezando por su propia materia prima. De la coca a la cocaína.
De la hoja sagrada al clorhidrato estupefaciente.

El lumpencapitalismo que perversamente se articula desde la estructura misma del goce.
Y de las culturas originarias.
La liberación hedónica y la ritualidad andina, trastornadas en instrumentos de opresiones nuevas.

La contaminación generalizada de los poderes públicos.
La desmoralización de la clase política.
La instrumentalización de pueblos que devienen mesnadas.
Los cadáveres esporádicos entre los desperdicios del otrora río Rímac.
De tantos ríos otros.
La profanación de la tierra.

Cuán verde era mi valle:
siempre será fantaseable la sacralidad nativa ya exaltada desde el arte por las ofrendas amorosas de Carmen Reátegui.
O por el amoroso pespunteo vegetal con que Marta Arroyave cose un manto cocario,
una pampa, a su preciso decir.

Pero esas imágenes icónicas de hace apenas un lustro
encuentran ahora un correlato demasiado actual en las transparencias turbias
de los polímeros con que Noriega Bozovich atrapa hojas de coca y casquillos de balas
para hacer de ellos un ladrillo, una baldosa, una mampara.

Un ara:
esa “losa o piedra consagrada, que suele contener reliquias de algún santo”,
concebida para la celebración de la eucaristía (RAE).
Una “primera piedra” para la construcción de una iglesia.

Una ecclesia:
no un edificio sino una comunidad,
postulada aquí desde la paradoja de esta belleza constructiva obtenida con los signos de su destrucción.
El metal quemado, el vegetal marchito,
pero enaltecidos ambos por los acrílicos que los aprisionan y al mismo tiempo los exaltan.

Como en el ámbar,
la resina de árboles fósiles donde se transparentan insectos o plantas capturadas en tiempos prehistóricos.
Vidas detenidas que ahora devienen joyas excéntricas por su cárcel tornasolada.

Hay una analogía sugerente entre esa mineralización de lo orgánico
y el lujo que Noriega Bozovich erige desde la degradación de lo sagrado.
Una sacralidad que sin embargo persiste como latencia:
atención a las connotaciones áureas de las hojas doradas por el envejecimiento.
Y a las energías retenidas en esas prisiones:
es desde la palabra griega para el ámbar que por primera vez se nombra la electricidad.

Atención también a la inquietante extrañeza de la materialidad así contenida.
Así reprimida:
aquello que nos es tan familiar y propio pero se desconoce y se niega
vuelve para desestabilizarnos con un reconocimiento desplazado.
Y siniestro. Unheimlich.

–III–

“No existe documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”,
escribe Walter Benjamin.
Y suscriben estas obras desde el efecto de perturbación logrado por su agresiva ostentación de belleza,
por su lujo dislocado.
Que es el de una guerra ignorada sobre cuyos frutos se erige la prosperidad falaz de nuestros tiempos.

Esa violencia es el ámbar, el magma que nos congela y nos reluce.

¿Soy ciudadana o soy inquilina de este país nuestro?,
se pregunta Cecilia ante la noche que sobre nosotros asoma.
Tal vez apenas materia orgánica atrapada en los desbordes petrificados de sus resinas.
Históricas.

[FIN]

[collapse]

Heimlich - Umheimlich / Cecilia Noriega-Bozovich

 

Voy en busca de mi casa
La serpiente abandona su mustia cascarilla
A los pies del madero
Y soy

Heimlich - Umheimlich 

Pensé que quería hablar de una casa, mi casa, pensé. Entonces, qué casa. ¿La casa de mi familia nuclear o de la casa de la familia que formé? No había que pensar, había que sentir. Sentí un dolor en las entrañas y el útero fue la primera imagen de casa que se me vino a la mente. ¿Sería de la casa- cuerpo o casa- alma de la que querría hablar? Vuelvo a pensar. Nacimiento, muerte, una sola cosa: la vida. La vida creada desde la violencia de la concepción que transita por la violencia del nacimiento y termina en la violencia de la muerte. ¿Dónde más violencia? El útero se me antojaba de refugio y de expulsión, de amor y de odio, de primera y última morada. Volví a la casa, pero, en un sentido  más celular (sentí) y más complejo (pensé). Necesitaba ser. Precisaba de una identidad, un lugar, una estrategia para ser y estar. Hablaba, desde luego, de una batalla conmigo misma, de una casa como campo de batalla. Y, pensé/sentí a mi país. En el proceso, al fin aparecía lo que más me temía: mi casa / país, Perú. Me estremecí y todo fue como una película antigua que se me presentaba como nueva. No era una re-edición, era algo como familiar y, a la vez, desconocido: Yo era/estaba en un lugar que era mi casa y que temía me fuese extranjera, y lo era. O todo lo contrario, yo era/estaba en un lugar que no era mi casa y que temía me acogiese con toda su violencia escondida y, también, era. Hablaba, por tanto, de una situación siniestra y como tal, la angustia me acompañó durante todo el proceso de creación. Entendí que la casa / país se construye de estratos de sentimientos, sobre estratos de tradiciones, estratos de guerras (endógenas y exógenas); se construye casa y país haciendo pactos para resistir el mundo y engañar al mundo; se desea paz y justicia, se anhela soñar y tener sueños colectivos. Sin embargo, me estaba moviendo por líneas transversales, vivencias, estímulos, conexiones de otra índole, privados,  que me remitían a una selva conocida exultante de vida y cargada de muerte, llena de promesa y engaño, que hacían doler mi casa. Y pensé cómo el Perú se movía entre dos contrarios para definirse como una unidad. Siempre habían dos países opuestos con dos significados y, sin embargo, definían al mismo país. Y, sentí la bonanza del Perú de los últimos diez años y el hambre de educación, comunicación, inclusión. Sentí la paz después de tantos años de terrorismo y la violencia camuflada en los cocales. Los campos de los mismos lugares donde antes el terrorismo manchaba de sangre, ahora se manchaban de “la blanca”. La paz no era la paz, la coca no era la coca. Sin embargo, se nos reconocía como un país pacificado y a la vez como el segundo productor mundial de cocaína. Dos países en uno, un doble discurso, dos opuestos que son lo mismo. ¡Cómo no pensarse/sentirse Heimlich / Umheimlich! El instinto de conservación  ordena proponer mi casa / país como un territorio donde lo siniestro es bello.  La casa / país estaría conformado por los mismos elementos con que se construye o decora una casa (altar, mampara, piso, etc.) y un país que como el nuestro esta cargado de belleza y de violencia camuflada. Una casa / país que se edifica con elementos u objetos estéticamente bellos que nos son familiares y ocultan la enajenación que éstos contienen. Esta es la ironía de sentir / pensar que soy/ estoy en un país en el que dos ideas contrarias son una misma verdad: inquilina / ciudadana.

 

Un país enfardelado

 

Cuando las ciencias económicas, políticas y sociales fallan, el arte tiene una respuesta. O así, lo creo yo, hasta el momento. Este proyecto intenta conectar los objetos que nos son familiares y domésticos con algunos elementos que, a su vez, también son constitutivos de nuestro país y que, paradójicamente, nos resulta tantas veces ajeno (violencia). Vale decir, que un altar y una primera piedra, un piso de baldosas, una mampara, una poza, un rincón para ver la televisión, fotos con plantas en macetas, son elementos que nos hace pensar en una casa  cargada de emociones, mitos, historia, recuerdos, fetiches. Pero, en el interior de los mismos guardan y esconden imágenes de muerte, de corrupción y narcotráfico. Así, el altar y su primera piedra están hechos de maderas exóticas, especies extraídas del VRAE, y los bordes que la revisten son hojas de coca doradas por la cocción con la resina; las baldosas para el piso contienen hojas de coca y casquillos de balas y alguna que otra baldosa blanca hecha de piedra de Huamanga, estéticamente funcionan bien (comme il faut) y, en todo su conjunto, fascina por su transparencia; la mampara un panel de coca kintucha atrapadas en resina y como puestas al descuido, deja translucir o esconder tras su tono dorado, lo que pudiese estar detrás; la tina de baño, poza, íntegramente cubierta por coca kintucha pintadas de blanco en una instalación que remite a un escenario propio de rituales, donde el tradicional ritual andino de la coca kintucha que es saneamiento, limpieza y vida, se desvirtúa y se (con)funde en ritual del narcotráfico; la sala de televisión muestra el vídeo  jardín con música de Las Valkirias de Wagner a ritmo de música chicha; y, por último, la coca kintucha, fotografías en fondo blanco, sobrias, serenas en sus macetas resultan no amenazantes; todos estos elementos que nos remiten a una casa y a nuestro país, es una propuesta de conceptos ambiguos, menos ambiguos, controversiales, de dobles discursos, que enfardelan nuestro país en todo lo que por sernos  familiar (Heimlich) –semilla de vida-, se nos presenta como extraño (Unheimlich) -angustia de muerte. País donde muchos de nosotros en lugar de sentirnos/pensarnos parte de una sociedad que nos identifica, que nos agrupa como ciudadanos, hace sentirnos/pensarnos como inquilinos de nuestra casa / país. Por tanto, la estética que propongo para las conexiones entre lo que nos protege y nos expulsa, entre lo que amamos y rechazamos, entre lo familiar y lo ajeno, es decir, entre la vida y la muerte,  son las anti-conexiones que, por su naturaleza (coca como elemento constitutivo de vida, Eros) y lo contrario, la transformación tanática de la coca en cocaína -sustancia o elemento también constitutivo de nuestra realidad-, pienso/siento que allí donde las ciencias económicas, políticas y sociales fallan, el arte tiene una respuesta.

 

Cecilia Noriega-Bozovich

[collapse]

 

Video: